La demanda eléctrica de los centros de datos de IA ha empujado a las grandes tecnológicas a construir sus propias centrales, y el combustible que han elegido es el gas natural. La firma de análisis energético Noreva sostiene que esa elección conlleva un riesgo de precio considerable.
La previsión
El consejero delegado de Noreva, Peter Gardett, declaró a TechCrunch que el precio del gas natural en algunas zonas de Estados Unidos podría triplicarse en los próximos años. Su razonamiento es que confluyen tres factores a la vez: el aumento de la demanda de los grandes operadores, la desaceleración del crecimiento de la oferta y el incremento de las exportaciones de gas natural licuado.
En cifras: los precios se mueven hoy entre 2 y 4,50 dólares por millón de BTU, y cotizan algo por debajo de 3 dólares en el Henry Hub de Luisiana. Noreva prevé que en algunas regiones esa cifra podría superar los 10 dólares.
Quién se ha comprometido y cuánto
Los precios bajos del gas han llevado a estas compañías a asegurarse a largo plazo una parte sustancial del mercado:
- Meta: una planta de 7,5 gigavatios para el centro de datos Hyperion en Luisiana.
- Amazon: una planta de 7,6 gigavatios en Texas.
- Microsoft: su propia planta a escala de gigavatios en Texas.
- Google: una planta a escala de gigavatios, también en Texas.
Instalaciones de este tamaño se construyen para funcionar durante décadas. La elección del combustible no es una decisión de suministro a un año, sino un compromiso que dura toda la vida útil de la planta.
Por qué llega hasta el precio del token
En una gran central de gas, el combustible supone cerca de la mitad del coste de la electricidad producida. Triplicar el precio del gas significa aproximadamente duplicar el coste de esa electricidad.
Y la electricidad es el mayor coste variable de la inferencia. El precio por token de un modelo está directamente ligado a la energía que consume el hardware que produce esos tokens. Un centro de datos atado a un compromiso de gas a largo plazo tendrá que absorber la subida en su margen o en sus precios.
Eso supone una presión en sentido contrario justo cuando los precios de los modelos llevan un año bajando.
La parte que aparece en la factura
Hay además una dimensión pública. Según recoge TechCrunch, el 80% de los consumidores ya está preocupado por el efecto de los centros de datos en su factura eléctrica. Un salto en el precio del gas no afecta solo a los centros de datos, sino a todos los que se abastecen de la misma red.
Es el punto en que la infraestructura de IA deja de ser un asunto técnico y pasa a ser uno político local. Si la previsión se cumple, la discusión se librará a través de las facturas de la luz, y en esa discusión los centros de datos están en el lado expuesto.
Los límites de la previsión
Conviene señalar que se trata de una previsión, y que el historial de las predicciones de precios energéticos no es brillante. La oferta podría crecer más rápido de lo esperado, el aumento de las exportaciones de GNL podría frenarse o la demanda de los centros de datos podría quedarse por debajo de lo proyectado.
La asimetría, en cambio, es real: si el gas sigue barato, las empresas habrán acertado; si no, se quedan con un compromiso de décadas. Los costes de esa apuesta no se reparten por igual.
La mayoría intenta cubrir el riesgo diversificando: acuerdos nucleares, solares y de red avanzan en paralelo. Aun así, el gas natural sigue siendo por ahora la opción preferida, porque se levanta deprisa y funciona sin interrupciones.